Felicidad, parte 8
El puente de St. Louis estaba iluminado con una mezcla de eficacia y la magia que había hecho famosa la ciudad. El Sena susurraba en sus constantes idas y venidas una música orquestal, mantenida con oboe, con los violines aullando caóticas melodías fusionadas en un sonido conexo. Norte-Dame presidía la escena, imponente como siempre, irresistible, indestructible, y más arriba, la luna se arropaba con una fina manta de nubes. - He venido a París buscando esto – dijo Julia. Andaba despacio, sin dejar escapar el momento. - París es una ciudad única – dijo Odette -, pero es mejor no vivir aquí demasiado tiempo. Huir antes de ver su lado oscuro. Pero es así en todas las ciudades, ¿no? Todas tienen su encanto y todas son capaces de destruirlo. - Aprovéchalo, Julia, no dejes que te roben esto, ni siquiera Odette – dijo Gilles -. Ninguna ciudad te ofrece lo que da París. - Ninguna te cobra lo que te quita París – dijo Odette. Continuaron paseando por el islote adormecido por el río hasta...